domingo, 20 de abril de 2008

Ausentes sin aviso

El 10 de julio del año que yo finalizaba el secundario me despertó el teléfono con una de esas noticias que uno nunca espera. Recuerdo que mi papá estaba de guardia, pero otro lo cubría mientras él asistía al funeral de un amigo. Y allí mismo se enteró de que tenía que viajar a Tucumán para llegar a tiempo al de su mamá.

La fecha no se me borra porque el día anterior había sido el cumpleaños de Romina -mi amiga del barrio, del verano, de la vida- y me había dormido muy tarde. Tengo muy presente la voz de mi tío al otro lado del teléfono, angustiada, seria, y yo creyendo que todo eso era un mal sueño.

A mi abuela paterna la había visto tan pocas veces en mi vida que mi congoja era por la tristeza de mi papá. Yo sólo la tenía presente en mis redecillas rosas -abandonadas dos años antes, dicho sea de paso-.

El 8 de marzo del año que nadie olvida me sorprendió el teléfono a media mañana. Ella, que nunca había sido muy demostrativa y pretendía que yo supiera de su cariño mediante un buen plato de ñoquis caseros, me llamó repitiendo varias veces por minuto que me amaba, que nos amaba... a mí, a mi hermano y a mi mamá. Que nos adoraba, que éramos muy importantes para ella... mandó mil besos y unos cuantos abrazos más. Y cortó.

La fecha no se me borra porque ese día adquiría mi derecho a votar (no sé por qué motivo ir a votar me despertaba mucha ilusión). Pensaba festejar mis 18 y todo... Tengo esas últimas palabras grabadas en mi mente: el tono, el volumen y hasta el sentimiento. No lograba entender nada, pero se sentía muy bien.

Por algún siniestro motivo que me resisto a aceptar, mi abuela materna se estaba despidiendo para siempre. Y cuando lo supe, lloré mares.

Yo sé que existen abuelas copadas, de esas que demuestran amor incondicionalmente. Las que son cómplices de sus nietos, las que regalan caramelos, las que pagan moneditas por trabajos "forzosos" y llevan a pasear como premio por una buena nota. Y si pasás de grado, te ganás un helado por semana durante todo el verano; y si se te cae un diente, los bolsillos del ratón Perez son suculentos; y si estás enfermo, hay mimos; y si dibujás, sos un artista. Y así...

Estoy convencida de que mi gerontofobia no tiene tanto que ver con las abuelas que me tocaron en suerte como con haber vivido 24 años en Mar del Plata. Pero la verdad es que las viejas no ayudaron ni un poquitito.

Y muchas veces las necesité. Y si tuviera una, seguro seríamos amigas.

2 comentarios:

DEG dijo...

Yo tuve una abuela por la que no daba dos monedas. Una vieja conchuda e insoportable, que vivía victimizándose (ok, perdió un hijo, pero -carajo- ese hijo era mi papá) y que, pese a sus pastas, era una de las personas más desagradables con las que tuve que lidiar.

Pero, en el otro extremo, el universo encontró su balance dándome una abuela sabia y copada a la vez, que pese al cáncer se fue con la frente alta y una sonrisa.

Ro dijo...

Ese es el tema: no hubo balance cósmico para mí.