domingo, 20 de julio de 2008

Infantil

"No podés festejar que te regalen una taza de Mickey. Sos una chiquilina", sentenció con voz seria. Yo tenía 17 años condimentados con veinticinco mil setecientas treinta y dos manías de preescolar. Y esa fue la primera vez que discutimos al respecto, mientras este especimen me acusaba y yo intentaba defenderme con un "a mí me gusta, yo soy así".

Hoy llegué a Mar del Plata y, después de cenar, me preparé un té en la taza que -por cierto- duró mucho más que él. Y recordé las burbujas, cierto vocabulario tan dulce como rudimentario y algunas bromas de caracter infantil que riegan mi vida por estos días sin avergonzarme ni un poquito. Y sus caprichitos, la cantidad de crema que le pone al café, su cara frente a una juguetería, esa sonrisa profunda y sincera que responde a mis actos infantiles y hasta el reloj que me regaló porque "tiene brillitos que se mueven".

Y otra vez un recuerdo del presente me hace feliz. Qué vida.

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