martes, 30 de diciembre de 2008

Sick

Parece que mi cuerpito decreta enfermedad en puerta, aunque no tenga nada de nada de nada. Tal vez un resfrío, del cual podemos culpar al aire acondicionado del micro, pero nada más. Nada que no se solucione con montañas de Kleenex y unos tecitos milagrosos. Sin embargo, mi mente está en otro lado. Me paseo silenciosa de la cama al comedor, de la cocina al patio, de la escalera al baño. O no, ni me paseo. Me quedo sentadita tejiendo, mirando tele, acariciando a mi gato. Viejita de 25,75.

Para que te des una idea, hace casi tres días que estoy en Mar del Plata y no pisé la calle: me fueron a buscar a la terminal y -literalmente- me bajé del bondi y me subí al auto. Y me dejaron en la puerta de esta casa, y me puse un pijama y no me volví a vestir en tres días. Supongo que mañana me toca, como para no empezar el año enfundada en un trapo viejito y desteñido. ¿La playa? ¿el centro? ¿el barrio? ¿las calles? ¿los tilos? ¿la gente? No tengo ni la menor idea. No salí, no me moví, no me percaté de que existían. Ni ganas.

Dolor de cabeza, mocos, sueño, y la boca derechita; nada de sonrisas, nada de tristezas. Música esporádicamente, chat sólo con mi gran amor, una breve escala en la cocina para dar a luz un arrocito con arvejas y especias.

Tres días en Mar del Plata y ni una foto.

Me rompo la cabeza para encontrar la forma. Cómo seguir, cómo avanzar, cómo no tener que volver nunca más. No lo logro. Mi ineptitud, mi idiotez, mi falta de todo me dicen que no voy a lograrlo. Y después está la otra campanita, la de él, que me dice que todo va a estar bien; y cómo no creerle, con esos ojos llenos de amor y de entusiasmo. Cómo no creerle a los abrazos más increíbles del universo.

Mi cuerpo decreta enfermedad y mi mente no tiene muchas ganas de llevarle la contra. Té, panquecitos, analgésicos y mimos de gato. Al menos hasta el jueves, que vengan a rescatarme.

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