lunes, 20 de julio de 2009

Amiga fugaz

Al abrir la puerta una disfónica voz con tonada litoraleña y un tercio de timidez me saludó: "Guadalupe" -susurró.

Su pelo era 95% rojo; las raíces de dos centímetros acusaban un abandono que combinaba tristemente con esas ojeras demasiado marcadas para los 23 años que dijo tener. Y un cuerpecito de huesos marcados, dientes parejitos y enormes ojos marrones pasó a ocupar la cama de abajo.

Empezamos a conversar, de a poco, esa misma noche. Con su disfonía y mi reticencia, apenas intercambiamos información acerca de nuestras respectivas ciudades natales. Y sobrenombres:

- Soy de Concepción del Uruguay.
- Mar del Plata por acá.
- Me dicen Pipi.
- ¿Como Pippi Longstocking?
- Sólo Pipi.
- Está bien, mi mamá me dice Mili.

Mi intermitente estadía en el ph hizo que nos viéramos la mitad de la semana, y cada uno de esos días hablábamos de algo diferente. Así supe que era celíaca, que estudiaba Derecho, que sabía tocar la guitarra, que casi muere en manos de su padre alcohólico, que le gustaba bailar, que tenía tres hermanas, que fumaba a lo bestia, que era una bulímica en recuperación, que nunca pudo cantar ni el Feliz cumpleaños, que saltaba de cama en cama, que estuvo inconciente más de una semana por un intento de suicidio con Valium y vodka. Que sólo una vez sufrió por amor y se juró nunca más volver a hacerlo.

Yo le conté algunas de mis cosas. O muchas, en realidad. De las que no cuento, y de las otras también.

Pasamos a ser el hombro y la sonrisa. La compañía que hacía falta en ese lugar para no romper en llanto a cada rato. Nos hemos soportado malhumoradas y gruñonas, siempre sabiendo que al día o a la semana siguiente los roles cambiaban. La he visto enojada, triste, deprimida, borracha y drogada. Y jamás se me cruzó por la cabeza que no me importe.

Juntas fuimos al planetario a ver un eclipse aquella noche de febrero, tuvimos los diálogos más malvados en diez kilómetros a la redonda, nos peleamos con la cajera de Coto, chateamos sentaditas una al lado de la otra, caminamos la ciudad, jugamos al Pictionary, superamos la noche del colombiano, nos ayudamos en nuestros trabajos, cocinamos, compramos revistas a medias y hasta morimos de felicidad cuando la condenadora segunda línea no apareció luego de su reencuentro furtivo con el ex ex ex.

Un día nos despedimos y no volvimos a vernos. Yo la extraño.

2 comentarios:

La Peque dijo...

Es bien tierna, usted, Miss Ro.

Ro dijo...

¿Le parece? Sólo dije que la extraño, lo cual no deja de ser cierto...