lunes, 13 de julio de 2009

Sh

Cuento mientras camino. Las baldosas, las piedras, los pañuelitos que uso, los árboles, la gente con la que me cruzo y los autos rojos que pasan. Todo en listas diferentes, todo en mi cabeza.

Huelo. Manteca, perfume Echo, tierra mojada, plástico, earl grey, gelatina de frutilla, café, shampoo, queso blanco, libro nuevo, tinta indeleble, crema Hinds, tostadas. Mi olfato funciona al 250 porciento.

Recuerdo. Cintas para el pelo, revista Anteojito, medias con puntilla, muñeca con pelo rosa, lápices carbonilla que no me dejaban usar, perder a mi mamá en la tienda Los gallegos, rodetes apretados, patinar renga, ñoquis de mi abuela, huevito Kinder el viernes a la tarde, almuerzos solitarios, letrita de hormiga, collar de caracoles, no saber dibujar. Mi infancia a flor de piel, una mierda.

Escucho. Tacos ruidosos, chicos gritando, dos viejas se quejan de la mesa que eligieron, la nenita explota un globo adrede, la tarjeta de crédito pasando por el posnet, una parejita habla de adoptar un perro, el de seguridad envía un sms. Escucho todo, pero como si no estuviera ahí. Como si no estuviera acá.

Soy silenciosa, y cuando me siento mal doblo la apuesta. Algunos piensan que estoy muy mal, pero la verdad es que simplemente soy yo en un día de introspección. Cuando estoy así, alejada, percibo el doble o más. No sé si llamarlo perspeciva o pelotudez, pero es así.

Entonces cuento, huelo, recuerdo, escucho y me veo a mí misma. Resultan días de mierda, los de introspección, pero yo los necesito bastante.

Silencio e introspección.

Sh

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