lunes, 1 de noviembre de 2010

We're going home

El martes de la semana pasada firmamos contrato de alquiler.

En el medio: trabajo, comprar cosas, arreglar fletes, disfrutar caminatas, asegurarnos entradas para Paul McCartney, lidiar con irresponsabilidades ajenas, semifinales en el Cavern, protagonizar graduaciones de taekwondo, romper tablas por casualidad, hacer pequeños negocios, esquivar hostilidades.

No sé si decir toneladas de cosas, o resumir todo con dos palabras: estoy feliz. Hacía tiempo que no me pasaba, esta felicidad, esta plenitud. Es la sensación de las parejitas que recién se conocen, la de quienes estrenan título, la de aquellos que hacen un viaje fantástico. Es lo que se respira con los nuevos y buenos comienzos. Es despertarme todos los días con una sonrisa, dejar de comer porquerías todo el tiempo, andar descalza y despeinada, es crecer plantas y criar un gato y esparcir origami por todos los ambientes; es perfumar con vainilla y cocinar a cualquier hora, pintar muebles, construir mi propio escritorio, armar puzzles (¡y colgarlos!), hacer un pic-nic en el suelo el primer día de mudanza, cuando un par de amigos vienen a traer la heladera que habíamos prestado.

Este primer hogar propio es un sueño hecho realidad. Voy en el colectivo escuchando música y sonrío sola; me pongo a pensar en todo y me emociono hasta las lágrimas. Y falta (pfff... obvio que falta un montón), pero disfruto el piso de madera hasta que tenga una mesa, disfruto las paredes vacías hasta que tenga cuadritos, disfruto las ventanas y sus vistas hasta que tenga cortinas.

Creo que este es el mejor momento de mi vida.