lunes, 19 de noviembre de 2012

Me quiero ir a Francia

El único motivo para volver a postear acá hoy, es que quiero tener la mayor cantidad de chances de ganarme una semana de estadía en esta hermosa casona de campo llamada La Maisonnette. Si quieren participar pueden hacerlo aquí, aunque realmente espero que no ganen porque quiero ir yo. Plata para los pasajes no tengo, pero bueno, con un año y medio de tiempo tal vez lo junto mendigando abajo de un puente.

domingo, 2 de septiembre de 2012

La pobreza se nota

El viernes después de media mañana llegaron mis papás, y se quedaron en la ciudad hasta el sábado a la tarde. Estos viajecitos de dos días se han vuelto la norma en los últimos tiempos, pero el de este fin de semana fue muy particular.

Lo primero que bajaron del auto fue una heladerita de camping llena de pescado sin espinas que pescó mi papá, dos lomos congelados, pollo, variedad de quesos y fiambres.

Una vez que guardé todo eso en el freezer, bajamos a buscar las cajas que traían en el baúl: una contenía artículos de farmacia, perfumería y limpieza de todo tipo, y otras dos estaban llenísimas de alimentos no perecederos, galletitas y golosinas.

También trajeron desde Mar del Plata regalitos de cumpleaños para D y del día del niño para mí. Además, fuimos a pasear y me compraron dos pares de zapatos, mi perfume (que se me había terminado) y ropa interior, y un par de zapatos para mi secuaz.

Al día siguiente llegaron cerca del mediodía porque íbamos a ir a almorzar los cuatro juntos, pero antes pasaron por Jumbo y llenaron varias bolsas con sábanas, lácteos, frutas, verduras y té.

Yo entiendo que sean mis papás y quieran verme bien, también entiendo que quieran compartir su buen pasar económico y hasta soy consciente de que muchas veces actúan movidos por la culpa, pero no puedo dejar de pensar en lo mal que me habrán visto las últimas veces como para darse cuenta de cuánto me estaban ayudando llenándome la heladera, el freezer, las alacenas, el lavadero, el botiquín y hasta el placard.

Por mi parte, si bien no encuentro forma de agradecerles, me da mucha tristeza y vergüenza que mi pobreza sea tan evidente.

Bueno, nada más. Sólo necesitaba descargar un poco.

sábado, 11 de agosto de 2012

Silent

Estoy un poco mejor.

Transcurrieron días y días sin hablar. Mi cura de silencio -como le digo cariñosamente- dio resultado y me encuentro más armónica que la semana pasada. Ayer festejamos el cumpleaños de mi secuaz y se me cayeron algunas demostraciones de cariño, le hice un par de regalos mediocres y cociné bastante; fue un buen día, fue una buena noche, tuvimos función, cenamos con amigos, hablé con varias personas, me reí, me emocioné. En el colectivo tuve un intercambio extraño y hermoso: yo iba parada con todos mis petates a cuestas, una chica que estaba sentada me ofreció que ponga la caja a sus pies, al resguardo de todos, luego se bajó quien iba a su lado y me senté, le convidé un pack de mini cupcakes, viajamos juntas un poco más y nos despedimos. Todo fueron miradas, gestos y sonrisas, no hubo una palabra, y lo sentí super natural y agradable. Actuar y comunicar con lo básico, sin esfuerzo. Hoy volví a estar en silencio todo el día y no logro explicar lo bien que me hace.

A veces pienso que mi cerebro funciona raro, otras veces me pregunto si no tendré un par de taras que nadie ha detectado. Hablar me consume muchos recursos. Conozco y tengo un buen uso de mi idioma, puedo armar frases coherentes, entiendo que ayuda a forjar relaciones y blablabla, pero a menudo me molesta y me resulta trabajoso. Supongo que mi timidez crónica aumenta mi amor por el silencio, pero no quiero echarle toda la culpa. La verdad es que no entiendo por qué me pasa esto, pero bueno, me pasa.

Y llegó el fin de semana. Me esperan 3 días de hablar más de la cuenta. Veremos cómo sigue todo esto.

viernes, 3 de agosto de 2012

Counterclockwise


En los últimos seis años cambiaron muchas cosas.

Hoy tengo un hogar a medio armar y un gato medio loco, un taller desordenado y una cocinita ínfima pero cálida. Tengo mucha menos ropa y muchas más frustraciones de las que necesito. Engordo y se me cae el pelo como a un cincuentón.

En los últimos seis años compartí techo con mis padres, con un grupo de hippies drogones mugrientos ladrones maleducados, con amigas que me sacaron del paso, con mi suegra y con Diego. Trabajé de varias cosas y ninguna me dejó plata. Me crucé con mucha gente y muy poca se volvió incondicional. Dejé de hablar con mi familia por dos años y empecé a comunicarme con el resto del mundo. Aprendí taekwondo, encuadernación, origami, fotografía, caligrafía; también tomé clases de amigurumis, confección de muñecos, flores, food styling, dibujo y papercut. Y todo dejó huella.

Algunos días me levanto pensando que puedo proyectar un negocio a partir de lo que hagan mis manos, entonces agarro una hoja en blanco (soy analógica orgullosa en ciertas cosas) y escribo y diagramo y sueño despierta, Sharpie en mano. El resto del almanaque me encuentra pensando que no, que yo no puedo hacer nada que alguien compre, que no puedo estafar a la gente, que no sé mentir y decirle a alguien que lo que yo hago es lo mejor, porque no lo es. Y así me peleo conmigo misma y con todos los dioses del Olimpo, porque tengo casi treinta y mi vida no tiene sentido.

En los últimos seis años probé muchísimas recetas y conocí un poco de Buenos Aires. Pasé horas y horas y horas desgrabando entrevistas aburridísimas. Fui a conciertos bellísimos (¡Hola Norah, Paul, Ringo!), a otros donde dormí (¡Hola, Diana Krall!) o me pinté las uñas (¡Hola, Duran Duran!) y a otros que pasaron sin pena ni gloria. Cambié cueritos, pinté y taladré paredes, coloqué estantes y me hice fan de Easy. Vi más películas que nunca. Leí más libros que nunca. Escuché más música que nunca. Me reí y lloré más que en toda mi vida anterior. Y cargué todo eso en mi mochila.

Mucha gente me tiene en muy alta estima, cree que soy talentosa, que hago cosas bellas y deliciosas. Algunas personas piensan que soy adorable, ingeniosa y buena persona. Unos pocos hablan mal de mí a mis espaldas. Una minoría no me dirige la palabra. Uno solo dice (dice y creo que piensa) que puedo hacer todo lo que me proponga. Una sola dice (digo y pienso) que no tengo chance. Tal vez un análisis objetivo de todas mis condiciones y del universo que me rodea logre un resultado menos terminante pero más realista, algo a mitad de camino entre el cielo y el infierno.

En los últimos seis años pensé muy poco en mi ex y no intercambié con él ni un sms, un mail, un llamado telefónico; las cosas terminaron tan mal que ni me interesa si sigue vivo, aunque debo admitir que le haría un bien a la galaxia si no fuera así. Después de ese domingo terrible nada volvió a ser igual entre nosotros y a los pocos meses nos separamos, sin dividir siquiera los bienes materiales. Él los quería como rehenes, para molestar, para meter el dedo en la llaga, y a mí no me despertaban ningún interés, así que corté por lo sano y le tiré todo por la cabeza (no literalmente). Con todo esto y sin haberle dedicado lugar en mi memoria, el sábado por la noche pasó por casa (no literalmente).

Parece mentira que todo haya cambiado tanto para volver al mismo lugar, al mismo sentimiento, al mismo desconcierto de no saber si todo va a estar bien o si esta fue mi última oportunidad. Pasaron seis años y se me quedaron encima, y aún así hoy vuelvo a la tristeza inmensa que tuve a los 23, cuando el día se hizo de noche y todo lo que podía hacer era levantarme y dejar que pasen los días.

Desde el sábado por la noche hasta el jueves a la tarde no hablé con nadie más que Diego. Ninguna de las dos cosas fue mi voluntad: hubiera seguido sin hablar mucho más tiempo pero tuve que ir a trabajar, hubiera estado en absoluto silencio pero convivo con él y hay situaciones prácticas insostenibles con alguien que vive de producir palabras. El silencio no es represalia, no es venganza, no es lección: el silencio es enojo, tristeza y soledad. Es no poder ordenarle a mi cerebro que verbalice. Es no tener fuerzas para dar explicaciones. Es no querer saber lo que el otro piensa, porque lo que yo pienso ya es demasiado para mí sola.

Aún así, los últimos seis años se notan. De aquel maldito departamento cerca del faro me fui dando un portazo y jurando a los vecinos que no iban a verme nunca más. Me fui convencida de que todo había terminado. Principalmente porque mi amor se había terminado, pero yo no me había dado cuenta: estaba muy ocupada con mi trabajo y mi facultad y mi familia y comprar un departamento y mantener el auto en buen estado, no había tenido tiempo para pensar en estar bien. Entonces, ese domingo terrible cerca del faro fue liberador.

No es el caso esta vez. Ahora el amor sigue, pero se desmorona todo el resto. Ahora hay mucho, demasiado amor y ese es el problema: que no sé cómo seguir cuando hay amor de sobra pero todo está tan mal.

El sábado por la noche mi vida retrocedió seis años completos. Si en breve se adelanta seis meses, vamos a estar genial. Sino firmaremos el acta de defunción y habrá que volver a empezar.

O no.

martes, 12 de junio de 2012

Probabilidad de chaparrones aislados

Hace una semana dije en Twitter lo mal que me sentía y tuve una avalancha de gente preocupada por mí.

No lo esperaba, ni siquiera sabía que había alguien leyendo, pero en las siguientes horas me recomendaron psicólogos que no puedo pagar, me ofrecieron ayuda que no puedo aceptar, me hicieron sentir mucho mejor.

Tengo algunos días luminosos. Muy salteados, pero los tengo. Días en que todo es una porquería, pero aún así me levanto y cocino rico, pongo música y hago cosas.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, es de una tristeza muy profunda. No es por una sola cosa, son varias. Supongo que la más importante en mi cabeza es la falta de dinero, y la más importante en mi corazón es la arena movediza en cuestiones familiares -no de la familia que ya tengo, la que me trajo al mundo, sino de alguna a futuro, imaginaria-.

Como decía antes, no tengo plata para pagar psicólogos, pero sí -curiosamente- para hacer un taller de alfarería. Fue el regalo de cumpleaños de mi madre y aún no lo hice valer. Otra de esas cosas que hacen ruido: no le puedo decir a mi mamá que quiero usar esa plata para un psicólogo. Mis papás son de esas personas que no saben dar palmadas en el hombro, son felices con el "told you so" en la punta de la lengua. Lo que menos necesito bajo estas nubes es una lluvia de wetoldyouso.

Seguramente se me pase. En algún momento tiene que pasar, no puedo seguir así por siempre. Mientras tanto, un día a la vez. Y este ya se terminó, que es tarde y mañana tengo que levantarme a deprimirme por las mismas cosas que hoy.

viernes, 1 de junio de 2012

Cuadro de situación

A las 07:30 am aún no había logrado conciliar el sueño. A las 09:13 mi secuaz me despierta con un "me olvidé de decirte, ayer me confirmaron que vienen a terminar el piso del balcón... (pausa dramática) ...están abajo".

Ahora están tomando mate. En esta casa no se toma mate: odio el olor de la yerba mojada y el enchastre propio de tal rito.

No puedo explicarles mi mal humor. No puedo.

martes, 13 de marzo de 2012

Twitter

Estoy pensando seriamente en cerrar mi cuenta de Twitter.

jueves, 8 de marzo de 2012

The final countdown

Tengo un año para concretar algunos proyectos. A saber:

  • Bajar de peso.
  • Aprender a tocar un instrumento.
  • Colgar fotos y cuadritos en las paredes.
  • Desarrollar ese miniproyecto (y que dé frutos).
  • Volver a taekwondo.
  • Renovar el contrato de alquiler de este paraíso.
  • Pintar todos mis muebles.
  • Hacer el taller de alfarería.
  • Aprender una receta nueva por semana.
  • Comprarme patines y/o bicicleta (y usarlos).
  • Sacar una foto por día.
  • Producir un espectáculo que me guste.
  • Ahorrar para vacaciones en serio.
  • Organizar mi próxima fiesta de cumpleaños.

Dentro de 365 días cumplo 30 años. Si me preguntan, me siento de treinta desde hace tiempo, tal vez desde los veinte, pero creo que cuando lo delate mi DNI, va a ser una etapa cumplida. Y habrá que comenzar una nueva y (hopefully) mucho mejor.

Va a ser un año interesante.

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