sábado, 11 de agosto de 2012

Silent

Estoy un poco mejor.

Transcurrieron días y días sin hablar. Mi cura de silencio -como le digo cariñosamente- dio resultado y me encuentro más armónica que la semana pasada. Ayer festejamos el cumpleaños de mi secuaz y se me cayeron algunas demostraciones de cariño, le hice un par de regalos mediocres y cociné bastante; fue un buen día, fue una buena noche, tuvimos función, cenamos con amigos, hablé con varias personas, me reí, me emocioné. En el colectivo tuve un intercambio extraño y hermoso: yo iba parada con todos mis petates a cuestas, una chica que estaba sentada me ofreció que ponga la caja a sus pies, al resguardo de todos, luego se bajó quien iba a su lado y me senté, le convidé un pack de mini cupcakes, viajamos juntas un poco más y nos despedimos. Todo fueron miradas, gestos y sonrisas, no hubo una palabra, y lo sentí super natural y agradable. Actuar y comunicar con lo básico, sin esfuerzo. Hoy volví a estar en silencio todo el día y no logro explicar lo bien que me hace.

A veces pienso que mi cerebro funciona raro, otras veces me pregunto si no tendré un par de taras que nadie ha detectado. Hablar me consume muchos recursos. Conozco y tengo un buen uso de mi idioma, puedo armar frases coherentes, entiendo que ayuda a forjar relaciones y blablabla, pero a menudo me molesta y me resulta trabajoso. Supongo que mi timidez crónica aumenta mi amor por el silencio, pero no quiero echarle toda la culpa. La verdad es que no entiendo por qué me pasa esto, pero bueno, me pasa.

Y llegó el fin de semana. Me esperan 3 días de hablar más de la cuenta. Veremos cómo sigue todo esto.

viernes, 3 de agosto de 2012

Counterclockwise


En los últimos seis años cambiaron muchas cosas.

Hoy tengo un hogar a medio armar y un gato medio loco, un taller desordenado y una cocinita ínfima pero cálida. Tengo mucha menos ropa y muchas más frustraciones de las que necesito. Engordo y se me cae el pelo como a un cincuentón.

En los últimos seis años compartí techo con mis padres, con un grupo de hippies drogones mugrientos ladrones maleducados, con amigas que me sacaron del paso, con mi suegra y con Diego. Trabajé de varias cosas y ninguna me dejó plata. Me crucé con mucha gente y muy poca se volvió incondicional. Dejé de hablar con mi familia por dos años y empecé a comunicarme con el resto del mundo. Aprendí taekwondo, encuadernación, origami, fotografía, caligrafía; también tomé clases de amigurumis, confección de muñecos, flores, food styling, dibujo y papercut. Y todo dejó huella.

Algunos días me levanto pensando que puedo proyectar un negocio a partir de lo que hagan mis manos, entonces agarro una hoja en blanco (soy analógica orgullosa en ciertas cosas) y escribo y diagramo y sueño despierta, Sharpie en mano. El resto del almanaque me encuentra pensando que no, que yo no puedo hacer nada que alguien compre, que no puedo estafar a la gente, que no sé mentir y decirle a alguien que lo que yo hago es lo mejor, porque no lo es. Y así me peleo conmigo misma y con todos los dioses del Olimpo, porque tengo casi treinta y mi vida no tiene sentido.

En los últimos seis años probé muchísimas recetas y conocí un poco de Buenos Aires. Pasé horas y horas y horas desgrabando entrevistas aburridísimas. Fui a conciertos bellísimos (¡Hola Norah, Paul, Ringo!), a otros donde dormí (¡Hola, Diana Krall!) o me pinté las uñas (¡Hola, Duran Duran!) y a otros que pasaron sin pena ni gloria. Cambié cueritos, pinté y taladré paredes, coloqué estantes y me hice fan de Easy. Vi más películas que nunca. Leí más libros que nunca. Escuché más música que nunca. Me reí y lloré más que en toda mi vida anterior. Y cargué todo eso en mi mochila.

Mucha gente me tiene en muy alta estima, cree que soy talentosa, que hago cosas bellas y deliciosas. Algunas personas piensan que soy adorable, ingeniosa y buena persona. Unos pocos hablan mal de mí a mis espaldas. Una minoría no me dirige la palabra. Uno solo dice (dice y creo que piensa) que puedo hacer todo lo que me proponga. Una sola dice (digo y pienso) que no tengo chance. Tal vez un análisis objetivo de todas mis condiciones y del universo que me rodea logre un resultado menos terminante pero más realista, algo a mitad de camino entre el cielo y el infierno.

En los últimos seis años pensé muy poco en mi ex y no intercambié con él ni un sms, un mail, un llamado telefónico; las cosas terminaron tan mal que ni me interesa si sigue vivo, aunque debo admitir que le haría un bien a la galaxia si no fuera así. Después de ese domingo terrible nada volvió a ser igual entre nosotros y a los pocos meses nos separamos, sin dividir siquiera los bienes materiales. Él los quería como rehenes, para molestar, para meter el dedo en la llaga, y a mí no me despertaban ningún interés, así que corté por lo sano y le tiré todo por la cabeza (no literalmente). Con todo esto y sin haberle dedicado lugar en mi memoria, el sábado por la noche pasó por casa (no literalmente).

Parece mentira que todo haya cambiado tanto para volver al mismo lugar, al mismo sentimiento, al mismo desconcierto de no saber si todo va a estar bien o si esta fue mi última oportunidad. Pasaron seis años y se me quedaron encima, y aún así hoy vuelvo a la tristeza inmensa que tuve a los 23, cuando el día se hizo de noche y todo lo que podía hacer era levantarme y dejar que pasen los días.

Desde el sábado por la noche hasta el jueves a la tarde no hablé con nadie más que Diego. Ninguna de las dos cosas fue mi voluntad: hubiera seguido sin hablar mucho más tiempo pero tuve que ir a trabajar, hubiera estado en absoluto silencio pero convivo con él y hay situaciones prácticas insostenibles con alguien que vive de producir palabras. El silencio no es represalia, no es venganza, no es lección: el silencio es enojo, tristeza y soledad. Es no poder ordenarle a mi cerebro que verbalice. Es no tener fuerzas para dar explicaciones. Es no querer saber lo que el otro piensa, porque lo que yo pienso ya es demasiado para mí sola.

Aún así, los últimos seis años se notan. De aquel maldito departamento cerca del faro me fui dando un portazo y jurando a los vecinos que no iban a verme nunca más. Me fui convencida de que todo había terminado. Principalmente porque mi amor se había terminado, pero yo no me había dado cuenta: estaba muy ocupada con mi trabajo y mi facultad y mi familia y comprar un departamento y mantener el auto en buen estado, no había tenido tiempo para pensar en estar bien. Entonces, ese domingo terrible cerca del faro fue liberador.

No es el caso esta vez. Ahora el amor sigue, pero se desmorona todo el resto. Ahora hay mucho, demasiado amor y ese es el problema: que no sé cómo seguir cuando hay amor de sobra pero todo está tan mal.

El sábado por la noche mi vida retrocedió seis años completos. Si en breve se adelanta seis meses, vamos a estar genial. Sino firmaremos el acta de defunción y habrá que volver a empezar.

O no.